Vintila Horia.- Sobre el vacío intelectual
No cabe duda: estamos alcanzando no sólo el punto
más bajo de la vida política, y no sólo en España, sino también el
máximo de vacuidad intelectual. Piensen en la desaparición paulatina de
los grandes nombres de la literatura y del pensamiento y se darán cuenta
cómo tanto Heidegger como Gabriel Marcel, Thomas Mann o Céline,
han dejado bruscamente de tener herederos. El mundo parece vacío,
abandonado y estéril en medio de un caos cada día más espeso y más
convencedor. No hay ideas ni programas, libros ni gestas. Entre una
llamada democracia cansada de sí misma y un terrorismo de Estado
igualmente agotado, llegado a sus propios abismos de crueldad e
ineficacia, el hombre no tiene ni siquiera la fuerza de plantearse
preguntas. Vive buscando comida en los países del Este, como una
gigantesca manada de salvajes amedrentados, o buscando placeres
destructores en un Occidente cuya perspectiva de cloaca máxima llegó a
definir y describir Ezra Pound en sus Cantos pisanos. El
noveno círculo del infierno, el de los traidores, parece sintetizar lo
que está sucediendo en medio de un silencio glacial dominado por Dite,
el demonio máximo, tal como lo describe Dante en su obra
inquietantemente profética. Para mejor entender, y hasta para reconocer
el sitio donde nos encontramos, bastaría colocar ante la vista de
nuestro juicio palabras como intelectual, sacerdote y joven,
entre otras, para poner de relieve, a través de su trágica inversión de
contenido, lo que está sucediendo entre nosotros. El intelectual es
quien menos entiende (de intelligere), el sacerdote es quien
menos cree, y el joven es quien menos ama la vida y quien más está
dispuesto a quitarla a los demás.